Él estaba muerto, era un fantasma errante.
Aunque todos lo
veían, él sabía que estaba muerto.
Ella, la protagonista de este libro, no era más que un
producto de su imaginación.
Al igual que todo niño con sus amigos imaginarios,
aquellos con los que juegas cuando tan solo vosotros podéis verlo, él la tenía a ella.
Pero al
crecer, tristemente, pierdes a ese amigo producto de tu mente, creado por un
sentimiento y producto un poco, de la falta de lógica sobre el mundo.
Lo triste llega cuando tu amigo imaginario se va. Y ni
siquiera lo echas de menos, pues un día te despiertas y ya no recuerdas nada de
lo que has pasado con él. No notas su ausencia, y los momentos que pasasteis
juntos se transforman en niebla.
Ella era aquella amiga imaginaria.
Pero en su carta astral estaba escrito que volvería
aparecer.
Y así sucedió.
Esa amiga imaginaria volvió, pero ya no solo podía verla él,
si no todo el mundo.
Una imaginación que se materializa.
Una materia que aparece para quedarse y que no quiere irse.
Quizás por eso a veces, los dos, se entienden aunque sus
palabras no sean dignas de ningún idioma. Se abrazan como solo un niño y una
amiga imaginaria pueden hacerlo. Hacen movimientos acordes en el momento
adecuado.
Pero ahora ella no se va ir, al menos, no quiere irse.
Hay demasiados recuerdos que nada podría borrar. Demasiados
momentos vividos y mucha historia por crear.
Al igual que los sueños pueden hacerse realidad y la
realidad convertirse en tu mayor pesadilla, ella volvió para hacerse realidad y
para intentar que su realidad no se convirtiese en la mayor pesadilla de ese
niño, ya no tan niño…
“Recuerda, he vuelto para quedarme. No me iré hasta que tu
no decidas echarme de tu vida.
Y déjame contarte un secreto: un corazón tan enorme como el
tuyo nunca podría estar muerto”
“Intercambiemos sueños ahora que somos adultos, al igual que
intercambiamos cromos cuando éramos niños. “

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