No lo soportaba.
No soportaba escuchar esos gritos injustificados, esas palabras innecesarias, las descalificaciones, horribles palabras que herían al mas fuerte, aun teniendo una escasa cultura y un vocabulario bastante reducido.
La madrastra sabía herir, pero no se daba cuenta de ello.
Disfrutaba con ello, se regocijaba en los excrementos de su triste y amarga vida, y les escupía los excrementos de su desdicha. Y ella misma era quien fabricaba los desechos.
¿Y cómo se sentía ella, la protagonista de este libro?
Hundida, sin escapatoria, dolida.
Sus ataques de nervios cada vez eran mas continuos, pero no en el mundo físico, si no en el de su cabeza.
O le reventaban sus nervios, arterias, venas, neuronas y músculos, o reventaba lo que la rodeaba. Y ella no era como su madrastra, ella no quiere hacer daño a quién la ama.
Se limitaba a llorar, a sentir como todo su ser iba a explotar, y a refugiarse debajo de las sábanas. Pero no...esto no funcionada como cuando era niña y su escudo ante los monstruos de la noche eran aquellas sábanas y mantas. Esto era la vida real, y no podía protegerla nada, más que su escapatoria de aquella cárcel.
Juega al escondite metida en su cama.
En momentos como este ella se plantea algo:
¿Es cierto aquello de que exageraba sus problemas, o es que la gente no era capaz de darse cuenta de por lo que pasaba y los hacia minuciosos?
No le hagáis creer que exagera, porque ella desde lo mas profundo y mas externo de su ser, desearía estar simplemente exagerando....
